Taking stock of the ambiguous role of foodbanks in the fight against poverty
Na minha lista:
Ghys, T., Taking stock of the ambiguous role of foodbanks in the fight against poverty. Journal of Poverty and Social Justice, vol. 26, n. 2, 2018, p. 173-189.
Ref.
537369
Localização:
SIIS Archivo (R.1819) / SIIS R.1819
Palabras clave:
Exclusión social, Pobreza, Alimentación, Entidades sin ánimo de lucro, Teoría, Evolución, Estado social, Etiquetamiento, Desigualdad social, Solidaridad, Beneficencia, Características servicio, Actitudes usuarios, Actitudes institucionales, Sector privado, Sector público, Evaluación de servicios, Crítica, Bélgica, Panorama internacional
Exclusión social, Pobreza, Alimentación, Entidades sin ánimo de lucro, Teoría, Evolución, Estado social, Etiquetamiento, Desigualdad social, Solidaridad, Beneficencia, Características servicio, Actitudes usuarios, Actitudes institucionales, Sector privado, Sector público, Evaluación de servicios, Crítica, Bélgica, Panorama internacional
Resumo:
Con la llegada del frío, los bancos de alimentos lanzan campañas especiales de recogida de productos. Este estudio de caso centrado en Bélgica examina cómo inciden tales organizaciones en la reducción estructural de la pobreza, qué relación guardan con el recorte del Estado de bienestar y qué posición ocupan las personas usuarias de esos servicios. Los datos empíricos se extraen de 29 entrevistas semiestructuradas a personas que colaboran en el sector, de una encuesta a 55 responsables de coordinar centros de reparto, así como de un vaciado de prensa con noticias publicadas entre 1985 y 2015.<br><br>La situación belga confirma tres cuestiones problemáticas detectadas en la incipiente literatura sobre bancos del tiempo. En primer lugar, estos dispositivos apenas inciden en las causas estructurales de la pobreza, puesto que se enfocan al reparto de excedentes alimentarios. Además obedecen a una lógica de caridad en vez de a una de derechos sociales, y ni los bancos de alimentos belgas ni la federación que los agrupa aprovechan siquiera su amplia presencia mediática para reclamar mayor justicia social. Por último, y muy relacionada con lo anterior, se recurre cada vez más a estas entidades para combatir la pobreza, en un contexto de privatización de servicios y recorte de prestaciones.<br><br>En la última década, se han introducido en el sector algunas medidas que Ghys considera acertadas. Se han puesto en marcha servicios complementarios ―derivación a otros recursos, actividades formativas o asesoramiento―, aunque se solapan con dispositivos ya existentes atendidos por profesionales. La exigencia de que las personas usuarias hayan sido derivadas por los servicios sociales también resulta cada vez más habitual. Para reducir el estigma, además, se ha procurado evitar las colas en la calle, personalizar los paquetes ―para que respondan a las necesidades y preferencias de quienes los recogen― y sensibilizar al voluntariado en materia de prejuicios. El autor considera, no obstante, que las iniciativas señaladas suponen una mejora muy limitada de los bancos de alimentos y que no atajan su creciente protagonismo en el panorama de las políticas sociales, por lo que se pregunta si merece la pena optimizar estos dispositivos, o si, por el contrario, habría que reclamar su desaparición.
Con la llegada del frío, los bancos de alimentos lanzan campañas especiales de recogida de productos. Este estudio de caso centrado en Bélgica examina cómo inciden tales organizaciones en la reducción estructural de la pobreza, qué relación guardan con el recorte del Estado de bienestar y qué posición ocupan las personas usuarias de esos servicios. Los datos empíricos se extraen de 29 entrevistas semiestructuradas a personas que colaboran en el sector, de una encuesta a 55 responsables de coordinar centros de reparto, así como de un vaciado de prensa con noticias publicadas entre 1985 y 2015.<br><br>La situación belga confirma tres cuestiones problemáticas detectadas en la incipiente literatura sobre bancos del tiempo. En primer lugar, estos dispositivos apenas inciden en las causas estructurales de la pobreza, puesto que se enfocan al reparto de excedentes alimentarios. Además obedecen a una lógica de caridad en vez de a una de derechos sociales, y ni los bancos de alimentos belgas ni la federación que los agrupa aprovechan siquiera su amplia presencia mediática para reclamar mayor justicia social. Por último, y muy relacionada con lo anterior, se recurre cada vez más a estas entidades para combatir la pobreza, en un contexto de privatización de servicios y recorte de prestaciones.<br><br>En la última década, se han introducido en el sector algunas medidas que Ghys considera acertadas. Se han puesto en marcha servicios complementarios ―derivación a otros recursos, actividades formativas o asesoramiento―, aunque se solapan con dispositivos ya existentes atendidos por profesionales. La exigencia de que las personas usuarias hayan sido derivadas por los servicios sociales también resulta cada vez más habitual. Para reducir el estigma, además, se ha procurado evitar las colas en la calle, personalizar los paquetes ―para que respondan a las necesidades y preferencias de quienes los recogen― y sensibilizar al voluntariado en materia de prejuicios. El autor considera, no obstante, que las iniciativas señaladas suponen una mejora muy limitada de los bancos de alimentos y que no atajan su creciente protagonismo en el panorama de las políticas sociales, por lo que se pregunta si merece la pena optimizar estos dispositivos, o si, por el contrario, habría que reclamar su desaparición.