WHEN TWO DARK FIGURES COLLIDE: EVIDENCE AND DISCOURSE ON DRUG RELATED CRIME
Saved in:
STEVENS, A., WHEN TWO DARK FIGURES COLLIDE: EVIDENCE AND DISCOURSE ON DRUG RELATED CRIME. CRITICAL SOCIAL POLICY, Vol. 27, no. 1 (2007), p. 77-99.
Ref.
144271
Location:
SIIS R.844 Archivo
Palabras clave:
Acción contra las drogodependencias, Crítica, Delincuencia, Drogodependencias, Política, Reino Unido
Acción contra las drogodependencias, Crítica, Delincuencia, Drogodependencias, Política, Reino Unido
Abstract:
En los últimos quince años, la política británica sobre drogodependencias ha sufrido una notable transformación: del discurso médico de comienzos de la década de 1990, que enfatizaba la necesidad de reducir la transmisión del VIH mediante el consumo inyectado, se ha pasado a uno de corte criminalista, centrado en la urgencia de combatir los delitos relacionados con las drogas. El presente artículo denuncia que tal cambio de política carece de base objetiva y responde a intereses de grupos de poder. La primera parte del texto está dedicada a cuestionar el concepto de delincuencia vinculada a las drogas. El autor considera que se trata de una entelequia que se aplica a ciertos hechos delictivos muy comunes (robo, hurto, agresión, fraudes menores), pero no a otros menos habituales (violencia doméstica, agresiones sexuales y grandes fraudes), ni tampoco a los que sufre la población civil de los países productores como consecuencia de la lucha contra el narcotráfico. En general, continúa Stevens, la categoría está asociada a la desviación social, razón por la que deja fuera las actividades ilegales vinculadas a los estupefacientes menos estigmatizados –como el alcohol, el tabaco y (en ocasiones) el cannabis– para fijarse de manera preferente en las que tienen que ver con la heroína y la cocaína. Igualmente, aunque el autor reconoce que el nexo entre drogas y criminalidad está bien documentado, entiende que correlación no equivale a causalidad. En este sentido, considera que el discurso hegemónico sobre drogodependencias sobreestima la prevalencia de este tipo de delitos, pues extrapola a la criminalidad en su conjunto las cifras de la pequeña fracción de aquella que se conoce: la representada por las personas detenidas, procesadas y condenadas, entre las que abundan quienes consumen estupefacientes. En la segunda parte del artículo, Stevens ofrece una breve visión histórica del enfrentamiento entre los discursos médico y criminalista en el Reino Unido. Asimismo, proporciona algunas pinceladas sobre el advenimiento de un nuevo discurso, que recupera la identificación de las drogodependencias como un asunto de salud pública, pero subraya los derechos humanos de los/as consumidores/as. Por último, el autor trata de explicar por qué el discurso criminalizador ha triunfado precisamente bajo mandato del Partido Laborista.
En los últimos quince años, la política británica sobre drogodependencias ha sufrido una notable transformación: del discurso médico de comienzos de la década de 1990, que enfatizaba la necesidad de reducir la transmisión del VIH mediante el consumo inyectado, se ha pasado a uno de corte criminalista, centrado en la urgencia de combatir los delitos relacionados con las drogas. El presente artículo denuncia que tal cambio de política carece de base objetiva y responde a intereses de grupos de poder. La primera parte del texto está dedicada a cuestionar el concepto de delincuencia vinculada a las drogas. El autor considera que se trata de una entelequia que se aplica a ciertos hechos delictivos muy comunes (robo, hurto, agresión, fraudes menores), pero no a otros menos habituales (violencia doméstica, agresiones sexuales y grandes fraudes), ni tampoco a los que sufre la población civil de los países productores como consecuencia de la lucha contra el narcotráfico. En general, continúa Stevens, la categoría está asociada a la desviación social, razón por la que deja fuera las actividades ilegales vinculadas a los estupefacientes menos estigmatizados –como el alcohol, el tabaco y (en ocasiones) el cannabis– para fijarse de manera preferente en las que tienen que ver con la heroína y la cocaína. Igualmente, aunque el autor reconoce que el nexo entre drogas y criminalidad está bien documentado, entiende que correlación no equivale a causalidad. En este sentido, considera que el discurso hegemónico sobre drogodependencias sobreestima la prevalencia de este tipo de delitos, pues extrapola a la criminalidad en su conjunto las cifras de la pequeña fracción de aquella que se conoce: la representada por las personas detenidas, procesadas y condenadas, entre las que abundan quienes consumen estupefacientes. En la segunda parte del artículo, Stevens ofrece una breve visión histórica del enfrentamiento entre los discursos médico y criminalista en el Reino Unido. Asimismo, proporciona algunas pinceladas sobre el advenimiento de un nuevo discurso, que recupera la identificación de las drogodependencias como un asunto de salud pública, pero subraya los derechos humanos de los/as consumidores/as. Por último, el autor trata de explicar por qué el discurso criminalizador ha triunfado precisamente bajo mandato del Partido Laborista.
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